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Carta del fundador

Una razón
para vivir

Hay muchas razones que justifican nuestro paso por este mundo, muchos y variados motivos para vivir. Pero me bastarían para convertirse en el eje de mi existencia: las sonrisas devueltas; el sincero y entrañable agradecimiento de tantos cientos de pacientes y de sus familiares; el entusiasmo y generosidad de mis colegas y colaboradores, en esta tarea que hemos llevado a cabo en los últimos, ya casi treinta años, en Nicaragua, Guatemala, Honduras, Costa Rica, Oaxaca y Kurdistán.

En este espacio vamos a dar cuenta de esta labor, explicando los tipos de intervenciones quirúrgicas que hemos realizado, las iniciativas de formación, el número de personas atendidas y de expediciones. Vamos a reproducir testimonios de pacientes y médicos, pero el primero de ellos debe ser el de mi gratitud por haber tenido la oportunidad de vivir esta experiencia.

Como tantas otras cosas, esta labor nació casi por casualidad, con motivo de un viaje a Nicaragua en 1989. En aquel momento observando la realidad médica y sanitaria de este querido país hermano fui consciente de cuánto esfuerzo había que hacer para ayudar a aquellas personas. No puedo decir otra cosa que el contraste con aquella realidad removió mi conciencia y mi voluntad de tal manera que, desde entonces, mi tiempo disponible y mis recursos de una u otra naturaleza tienen en las Brigadas (Médico-quirúrgicas), mi norte y mi guía. Luego mi vocación médica, la constancia, la colaboración esencial de tantos colegas y amigos, la generosidad de muy diversos mecenas, han hecho posible que este proyecto cogiera vida propia.

El contraste con aquella realidad removió mi conciencia y mi voluntad de tal manera que, desde entonces, mi tiempo disponible y mis recursos de una u otra naturaleza tienen en las Brigadas (Médico-quirúrgicas), mi norte y mi guía.

Desde mi primera visita, mi mente y mi corazón hicieron de Latinoamérica objetivo prioritario de atención y dedicación. El mismo sentimiento desarrollaron también aquellos colegas urólogos que quisieron seguirme, de forma tan desinteresada como la mía, en la consecución de tan noble fin. Hemos practicado allí cientos de intervenciones quirúrgicas, todas ellas centradas en problemas de difícil resolución y que, con seguridad, quedaban fuera del alcance de sus propias posibilidades. Hemos recibido el reconocimiento y el cariño, tanto de los beneficiarios directos de nuestro trabajo, como de sus familiares y conciudadanos, y también de las autoridades. El móvil médico quirúrgico fue convirtiéndose en germen de solidaridad, de convivencia, de intercambio de afectos, de armonía entre pueblos y naciones, hasta el punto de haber transformado nuestras vidas y de habernos proporcionado a todos nosotros una razón para vivir, nueva y distinta.

Gracias.

Miguel Litton, Urólogo

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